No es que ya no te quiera, porque el amor, en el fondo, sigue ahí. Sigue en los pequeños gestos que ya no se notan, en las miradas que se evitan, en las palabras que se piensan pero no se dicen.
Lo que pasa es que ya no sabe cómo acercarse. Antes todo era más simple: una sonrisa, una caricia, una conversación que fluía sin miedo. Hoy, en cambio, cada intento parece un riesgo. Un mal tono puede herir, una palabra puede desencadenar una discusión, y sin darse cuenta, empieza a elegir el silencio para no lastimarte.
Pero ese silencio también duele. Porque donde antes había cercanía, ahora hay distancia. Donde antes había complicidad, ahora hay cuidado excesivo. Y así, poco a poco, se van volviendo extraños en la misma historia que construyeron juntos.
No fue de un día para otro. Las relaciones no se enfrían de golpe, se desgastan en lo cotidiano. En las conversaciones pendientes. En los conflictos no resueltos. En las veces que uno necesitó al otro y no supo cómo pedirlo.
Se desgastan en los “después hablamos”, en los “no es el momento”, en todo lo que se fue dejando para luego hasta que el luego se volvió distancia. Y lo más difícil de aceptar, es que aún hay amor.
Pero un amor que ya no sabe cómo expresarse sin miedo, sin herir,
sin romper lo poco que aún queda en pie. Sin embargo, si hubo una forma de construirse, también puede haber una forma de reconstruirse. Porque a veces no se trata de dejar de amar sino de volver a aprender cómo hacerlo

