Las heridas de la infancia no tienen que marcar tu futuro


Desde mi mirada como psicoterapeuta, cuando escucho una historia marcada por una infancia donde hubo golpes y una comunicación casi inexistente con el padre, no escucho solo el pasado: escucho cómo ese pasado sigue hablando en el presente.

Un niño que crece bajo el impacto de la violencia aprende, sin palabras, lecciones profundas y dolorosas. Aprende que el afecto puede doler, que la autoridad se impone desde el miedo y que expresar lo que siente no es seguro. Cuando además de los golpes hay silencio, la herida se vuelve doble: no solo hubo daño físico o emocional, también hubo ausencia de diálogo, de validación, de un adulto que nombrara lo que pasaba y protegiera.

Ese niño, al hacerse adulto, muchas veces no recuerda cada episodio con claridad, pero sí carga con sus efectos. Puede presentar dificultad para confiar, para expresar emociones, para poner límites o, por el contrario, una necesidad constante de aprobación. El cuerpo y la mente recuerdan lo que las palabras nunca pudieron decir. La poca conversación con el padre deja vacíos: preguntas sin respuesta, emociones sin procesar, una identidad que tuvo que construirse sin guía emocional.

En terapia, suelo ver cómo estas personas han aprendido a sobrevivir siendo fuertes, callados o complacientes. No porque así lo eligieran, sino porque fue la forma que encontraron para protegerse. El problema es que lo que sirvió para sobrevivir en la infancia, muchas veces se convierte en una carga en la adultez: relaciones marcadas por el miedo al conflicto, dificultad para expresar enojo o, en algunos casos, una normalización del maltrato.

Sanar no significa justificar lo ocurrido ni borrar el pasado. Significa darle un lugar, ponerle palabras y permitir que ese niño interior deje de cargar solo con lo que nunca debió vivir. Significa aprender que el amor no se demuestra con golpes, que el respeto no se impone con miedo y que hoy, como adultos, sí es posible elegir relaciones distintas.

Desde la psicoterapia, acompañar estos procesos es ayudar a resignificar la historia, a romper patrones y a construir una narrativa personal donde el dolor no defina el valor de la persona. Porque lo que ocurrió en la infancia explica muchas cosas, pero no condena el futuro. Sanar es posible cuando el silencio se transforma en palabra y la herida empieza, por fin, a ser escuchada.

⭐Si creciste en un entorno donde hubo golpes, miedo o silencio emocional, es posible que hoy cargues con consecuencias que no siempre sabes explicar. Dificultades para expresar lo que sientes, relaciones tensas, enojo contenido, culpa, ansiedad o una sensación constante de no ser suficiente suelen ser huellas de una infancia donde el cuidado y la palabra estuvieron ausentes.

Nada de esto es tu culpa. Lo que viviste dejó marcas, pero no define quién eres ni hasta dónde puedes llegar.

⭐En nuestras terapias psicológicas ofrecemos un espacio seguro, respetuoso y confidencial para trabajar esas heridas profundas, darles sentido, ponerles palabras y comenzar un proceso de sanación real. Acompañamos a personas que, como tú, desean romper patrones, reconciliarse con su historia y construir una vida emocional más sana y consciente.

Pedir ayuda no es debilidad, es valentía. Si este tema resonó contigo, te invitamos a iniciar un proceso terapéutico donde no tengas que cargar solo con lo que nunca debiste vivir. Tu historia puede transformarse, y el primer paso es permitirte ser acompañado.

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