El amor propio no se trata de mirarse al espejo y repetirse frases bonitas; es un compromiso profundo con uno mismo. Es decidir, día tras día, ser tu refugio y no tu enemigo. Es reconocerte en tus luces y en tus sombras, sin castigo ni juicio, entendiendo que tu historia con sus errores, tropiezos y aprendizajes, también es digna de amor.
Durante mucho tiempo, nos enseñaron a dar, a cuidar, a complacer, pero pocas veces a elegirnos. Y ahí comienza el vacío: cuando te entregas tanto a los demás que te olvidas de sostener tu propia alma. Amarte a ti mismo no es egoísmo, es una forma de equilibrio. Porque cuando te eliges, no estás dejando de amar a los demás, simplemente estás aprendiendo a hacerlo desde un lugar más consciente y completo.
El amor propio es silencio y es paciencia. Es tener la valentía de soltar lo que ya no te hace bien, aunque duela. Es dejar de buscar fuera lo que solo se construye dentro. Es aprender a disfrutar de tu propia compañía, a cuidar de tu mente, a proteger tu energía y a hablarte con la misma compasión con la que consuelas a quien amas.
Amarte también significa perdonarte. Perdonarte por haberte exigido tanto, por haberte descuidado, por haber permanecido en lugares donde tu corazón ya no cabía. Significa reconocerte como una obra en proceso, no como un error que necesita corregirse.
Cuando el amor propio florece, cambia la forma en que vives. Empiezas a poner límites sin miedo, a rodearte de quienes suman, a construir desde la calma y no desde la carencia. Comprendes que la verdadera plenitud no viene de ser amado, sino de amarte lo suficiente como para no conformarte con menos de lo que mereces.
Y entonces, la vida se transforma: lo que antes te hería, ahora te enseña; lo que antes te ataba, ahora te libera. Porque cuando te amas, descubres que no necesitas completarte con nadie, solo compartirte desde tu abundancia.


