Dormir juntos no es amar


Dormir junto a alguien puede parecer, a simple vista, una de las expresiones más tiernas del amor. Dos cuerpos que se buscan en la quietud de la noche, dos respiraciones que se mezclan, dos almas que en apariencia descansan en la misma sintonía. Pero la realidad es que dormir junto a alguien no siempre significa amar. Hay noches donde la piel se toca, pero el alma está ausente. Hay abrazos que solo buscan compañía momentánea, y miradas que, aun frente a frente, no se encuentran.

El amor no se reduce a la costumbre de compartir una cama, ni al ritual de dormir y despertar al lado de alguien. Amar implica mucho más: es querer el bienestar del otro, incluso en silencio; es tener la paz de saber que el otro puede ser libre y aún así elegir quedarse. Dormir juntos puede ser un acto físico, pero amar es un acto del alma, invisible y profundo, que no depende del contacto sino de la conexión.

A veces, la soledad se disfraza de compañía. Dos personas pueden compartir el mismo espacio y sentirse más solas que nunca, porque el amor ya no habita allí. El cuerpo puede acostumbrarse a la presencia del otro, pero el corazón sabe cuándo está realmente acompañado. Hay abrazos que son abrigo y otros que son jaula. Hay caricias que sanan y otras que simplemente buscan llenar vacíos.

El amor verdadero no se mide por cuántas noches se comparten, sino por la calidad de los días vividos juntos. Es ese deseo de ver al otro crecer, de cuidar su descanso sin invadir su espacio, de entender que el silencio también puede ser una forma de amar. Porque cuando existe amor, dormir juntos se convierte en un refugio; cuando no, es solo una coincidencia de cuerpos cansados buscando calor.

Dormir juntos no siempre es amar. A veces es costumbre, a veces es miedo, a veces es vacío. Pero cuando hay amor, incluso el sueño se vuelve sagrado, porque los cuerpos descansan y las almas se reconocen, aun en la oscuridad.