Entre clases y comidas: el arte de alimentarse bien en la universidad


Entre exámenes, proyectos y noches interminables de estudio, la alimentación suele quedar relegada al último lugar en la vida de un estudiante universitario. Es fácil caer en la trampa del “como lo que haya”, o en la rutina de café tras café acompañado de algo rápido y procesado. Sin embargo, el cuerpo y la mente, ese dúo inseparable terminan pasando factura cuando la energía se agota y la concentración se dispersa.

Sofía, estudiante de psicología, lo descubrió una mañana antes de un examen importante. Había dormido poco, desayunado solo un café, y mientras escribía las respuestas, su mente parecía ir más lenta que de costumbre. Esa tarde decidió cambiar algo: comenzar a comer para nutrir, no solo para sobrevivir.

Poco a poco, su lonchera se llenó de colores: frutas, frutos secos, agua, panes integrales y verduras. No fue un cambio radical, sino una serie de decisiones conscientes. Aprendió que comer sano no significa gastar mucho ni pasar horas cocinando, sino elegir mejor. Descubrió que un desayuno equilibrado puede ser el mejor aliado para rendir en clase, que la hidratación mantiene la mente despierta, y que una cena ligera es más efectiva que un festín nocturno frente a la laptop.

Con el tiempo, Sofía notó que tenía más energía, más claridad mental y hasta mejor humor. Sus amigos comenzaron a seguir su ejemplo, intercambiando recetas y compartiendo frutas en lugar de frituras. La alimentación se convirtió en un acto de autocuidado y de amor propio, no en una obligación.

Porque ser estudiante universitario no solo se trata de aprender sobre libros y teorías, sino también de aprender a cuidarse. Comer saludable es una forma silenciosa de decirse: quiero estar bien para alcanzar mis sueños.

⭐𝗖𝗼𝗻𝘀𝗲𝗷𝗼 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗹𝗼𝘀 𝗽𝗮𝗱𝗿𝗲𝘀:

Acompañar a un hijo universitario no solo implica preocuparse por sus notas, sino también por sus hábitos diarios, especialmente los alimenticios. Muchos jóvenes, al tener más libertad, descuidan su nutrición sin darse cuenta del impacto que eso tiene en su energía, su ánimo y su rendimiento académico.

Como padre o madre, puedes ayudar más de lo que imaginas:

𝑭𝒐𝒎𝒆𝒏𝒕𝒂 𝒆𝒍 𝒆𝒋𝒆𝒎𝒑𝒍𝒐, mostrando en casa una alimentación equilibrada y consciente.

𝑬𝒗𝒊𝒕𝒂 𝒍𝒐𝒔 𝒋𝒖𝒊𝒄𝒊𝒐𝒔, y en su lugar, conversa desde el cariño y la curiosidad: pregúntale qué come, cómo se siente, qué le gustaría aprender sobre nutrición.

𝐄𝐧𝐬𝐞́𝐧̃𝐚𝐥𝐞 𝐥𝐨 𝐩𝐫𝐚́𝐜𝐭𝐢𝐜𝐨, no lo perfecto: cómo preparar comidas sencillas, cómo organizar su tiempo para no saltarse comidas, y cómo reconocer cuándo su cuerpo necesita descanso o hidratación.

𝐂𝐞𝐥𝐞𝐛𝐫𝐚 𝐬𝐮𝐬 𝐩𝐞𝐪𝐮𝐞𝐧̃𝐨𝐬 𝐜𝐚𝐦𝐛𝐢𝐨𝐬, porque aprender a cuidarse también es un logro académico y emocional.

Recordemos que la alimentación saludable es una herencia invisible: lo que los hijos aprenden a comer hoy, lo repetirán toda su vida.