
El trauma no siempre viene de grandes catástrofes. A veces nace de lo pequeño, de lo que se repitió muchas veces o de lo que nunca llegó. Del abrazo que faltó, de la palabra que dolió, del miedo constante o de la soledad que se volvió compañía.
Un trauma no es debilidad. Es una herida emocional que quedó sin cerrar, un impacto que superó la capacidad de procesarlo en su momento. Por eso, con el tiempo, se manifiesta de muchas formas: ansiedad, insomnio, reacciones desproporcionadas, evitación, tristeza inexplicable.
Reconocer el trauma es el primer paso para sanarlo. No es quedarse en el pasado, es darle voz al dolor que fue silenciado, es permitir que lo que alguna vez te rompió, ahora te enseñe.
Sanar no es olvidar, es mirar hacia atrás sin que duela igual. Es darte permiso de vivir diferente, sin que el pasado controle cada paso.
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