
A veces, duele más la ausencia del pensamiento que la del cuerpo. Nos aferramos a momentos compartidos, a palabras dichas, a miradas que parecían eternas. Pero llega el día en que comprendes, sin que nadie te lo diga, que para esa persona tú ya no existes. No porque hayas hecho algo mal, sino porque simplemente su vida siguió sin ti.
Y ahí está la lección: no todos los recuerdos son mutuos. No todos los vínculos dejan la misma huella. Entender que ni siquiera te recuerdan no es rendirse, es despertar. Es soltar la ilusión de que significabas lo mismo. Es hacer las paces con tu valor, aunque no te lo reconozcan. Porque lo importante no es quién te recuerda, sino cómo decides seguir contigo, sin mendigar memorias.
