
Aprender a sanar no es olvidar lo que dolió, sino recordar sin que duela.
Es soltar el peso que no te corresponde cargar, es dejar de buscar respuestas donde ya no hay preguntas.
Sanar es entender que lo que te pasó no define quién eres, pero sí puede enseñarte de qué estás hecho.
Es un camino lento, lleno de pasos pequeños, retrocesos y avances.
Sanar es abrazarte cuando otros no supieron cómo hacerlo, es darte el permiso de llorar, gritar o guardar silencio, sin culpa.
Es transformar el dolor en sabiduría, y el miedo en fuerza. Porque sanar, en el fondo, no es volver a ser quien eras, es convertirte en quien siempre has podido ser.
